EL SISTEMA DEFENSIVO DEL MAROMERO PAEZ.
Jorge “El Maromero” Páez tenía un sistema defensivo tan peculiar que, si lo veía un entrenador ortodoxo, le daba un infarto… y luego pedía repetir la escena en cámara lenta. Mientras otros boxeadores levantaban la guardia, estudiaban ángulos y medían distancia, Páez parecía estar decidiendo si esquivar un golpe… o ponerse a bailar. Sus rivales lanzaban jabs como si fueran tareas urgentes, y él contestaba con cabeceos, giros y maromas dignas de un cirquero jubilado que se rehúsa a dejar el escenario. Era el único peleador que podía hacer fallar a un rival tres veces seguidas… y de paso humillarlo sin romper las reglas. ¿Finta? ¿Penduleo? ¿Uppercut? No. A veces solo ladeaba la cabeza como si estuviera diciendo: “¿Eso era todo, compadre? Échale ganas.” Pero detrás de esa picardía había pura maestría. Porque una cosa es ser gracioso… y otra muy distinta es esquivar golpes con la precisión de un bailarín que se sabe cada nota antes de que suene. El Maromero no solo hacía show; tenía ese instinto fino, ese timing casi insolente, ese nivel boxístico que convertía su defensa en arte. Al final, sus rivales salían frustrados, el público salía feliz… y Páez salía sonriente, como si hubiera pasado más tiempo divirtiéndose que boxeando. Así era él: un defensor nato, un artista del ring, y el único hombre capaz de burlar un gancho… mientras hacía reír a medio mundo.